miércoles, 5 de septiembre de 2012

Que siempre fueron tuyas


Es para aplacar mi cobardía
que entono este silencio.
Es un silencio denso,
como aquel que se escucha
justo después de un bombardeo.

Podría escudarme en un defecto congénito,
una incapacidad patológica
para escuchar los himnos de la lluvia.

Evoco viajes pasados,
el repulsivo sabor del aguardiente
y la tímida luz de aquel sótano en Akacfa Utca,
y la cerveza tibia y el goulasch,
y el súbito terror al bajar del tranvía.

Junto al Danubio, que no es ya tan azul,
sentí mucha nostalgia,
y allí también, en Budapest,
visité el cementerio más triste que he vivido.

Pero nada, ni por esas encuentro los motivos...

Para escribir desde la náusea,  
y no sentir que miento en cada verso,
me hurgo en las heridas,
me escudriño,
atento a las señales de un mal casi olvidado.

Pasan por mi memoria intentos de suicidio,
que oscurecen mi ceño y me rebelo,
y olvido.

Mientras me desabrocho la camisa
y me acerco a esta cama,
plagada quizá de chinches, (como aquella),
un frío insoportable
se cuela por las rendijas
y regreso al insomnio y al vacío.

Quizá porque en Granada
dejé de ser un niño,
y me até a este juguete
que me consuela y lees.

Quizá me sirva ahora aquel dolor,
el terrible dolor de perder a un amigo...
Entonces rememoro y me abruman sus ecos,
y mi ceño de nuevo se oscurece, y olvido.

Será para aplacar mi cobardía
que entono este silencio.
Es un silencio denso,
como el que se escuchaba
entre las azafatas aquel 20 de Agosto.

Voy por mi vida y vengo
buscando el detonante.

Prometo no decir jamás que me jodiste,
por repetir palabras que siempre fueron tuyas.